Él

No necesito un hombre para obtener consuelo, tengo el arte y la música para eso.
No necesito un hombre para obtener placer, me basta con que comparta mis alegrías.​
​No necesito un hombre para que me de cariño, tengo a mis amigos y a mi familia para ello.
No necesito un hombre para que me comprenda porque ya me entiendo yo misma.
No necesito un hombre que me necesite porque ya aprendí a querer más allá del deseo.
 
​Espero un hombre que pueda disfrutar conmigo la felicidad y la pena.
Que no se canse de vivir.
Que tenga ganas de descubrirnos.
Que me de cariño y sepa recibirlo, sin ninguna finalidad más allá del hecho de ser nosotros mismos.
Que acepte a mi círculo de amigos y familiares como suyos.
Que comprenda sin esforzarse. Que admire la naturaleza.
Que no tenga miedo a preguntar.
Pero sobretodo, que sepa querer y admirar la vida que sus ojos y los míos llevan; y que al mezclarse conmigo y ver los resultados, no haga más que pensar: “no me equivoqué nunca”. 

Como una bala

Como una bala entre los ojos es el miedo
Como todas esas palabras que mi mente crea
Y mi cuerpo prefiere no contar
No por privacidad
Ni por arrogancia
Sino por pereza
 
Como una bala que arranca la piel y el sentido
Que pica
Que rompe
Que inquieta
 
Como todo eso que suena a mi alrededor
y mi mente prefiere no escuchar
Como un golpe inesperado en el punto justo 
Donde acaba el hoy
Y la vida se acorta
Donde el deseo sonríe
Y ante la duda
Nace la confianza
 
Como una bala que llega 
A través de un espejo que imita mi voz sin grito
Y pide una oportunidad
 
Como todas esas rosas blancas marchitas
Como todas esas noches de soledad, contigo.

 

Los heraldos negros. César Vallejo

Hay golpes en la vida, tan fuertes… ¡Yo no sé!
Golpes como del odio de Dios; como si ante ellos,
la resaca de todo lo sufrido
se empozara en el alma… ¡Yo no sé!

Son pocos; pero son… Abren zanjas oscuras
en el rostro más fiero y en el lomo más fuerte.
Serán tal vez los potros de bárbaros Atilas;
o los heraldos negros que nos manda la Muerte.

Son las caídas hondas de los Cristos del alma
de alguna fe adorable que el Destino blasfema.
Esos golpes sangrientos son las crepitaciones
de algún pan que en la puerta del horno se nos quema.

Y el hombre… Pobre… ¡pobre! Vuelve los ojos, como
cuando por sobre el hombro nos llama una palmada;
vuelve los ojos locos, y todo lo vivido
se empoza, como charco de culpa, en la mirada.

Hay golpes en la vida, tan fuertes… ¡Yo no sé!

La lluvia y el equidna

En una aldea cerca al fin del mundo, nació hace muchos años un animal especial. Le gustaba dormir bajo las estrellas y hacer reír a las flores que llenaban sus ojos de belleza y grandes ilusiones. En su desierto, la naturaleza golpeó contra él muchas veces, sumiéndolo en un miedo incontrolable. Descubrió el llanto y no tuvo tiempo de pasar sobre él, así que simplemente siguió adelante.
Para sorpresa de todos los seres, una tarde de profunda melancolía, el cielo empezó a llover.
El agua caía oscura al principio como intentando limpiar sus memorias de otras tierras. El equidna fue el único que no la temió.
Disfrutó viéndola caer durante largas  noches.
La lluvia empezó a formar parte de su vida cotidiana. A veces caía fuerte y otras, era sólo como una garua dulce abrazándolo despacio. Su amor por ella fue creciendo hasta empezar a extrañarla cuando se iba.
Y con el tiempo fue tal su deseo, que el equidna olvidó su propio nombre. Su pensamiento solo sabía de ella: de la manera en que llenaba el río y de la alegría que le producía su frescura al amanecer.
Lloraba para recordarla cuando le faltaba, pero el sabor de sus lágrimas nunca llegaba a alcanzar la perfección y el poder de su amada.
Una noche con ella pasó algo distinto: De pronto, su suave piel dorada empezó a llenarse de espinas. El agua caía sobre él, pero en vez de hacerlo feliz, lo ponía a la defensiva. La lluvia no entendía porqué y él sufría aterrado. Ella no quería hacerle daño, pero su cuerpo pequeño y brillante se erizaba oscureciéndose y causándole heridas cada vez que la veía.
La lluvia dejó de querer tocarlo, pero siguió cayendo durante todo el verano pues era ese su trabajo.
El equidna tuvo que alejarse de ella para evitar el dolor de sus espinas, que no sólo entristecían a la lluvia sino que también le alejaban a todos los vecinos de la aldea, quienes ya no podían abrazarlo sin sentir los picotazos.
El equidna, avergonzado, se marchó. Caminó buscando un lugar seco donde pararse a pensar y una vez allí, se preguntó durante días cómo algo tan hermoso podía haberle hecho tanto daño.
Notó poco a poco que la lluvia no tenía culpa.
En su desesperación, decidió enfrentar su defecto, volvió a su aldea y salió al encuentro de su amor. Ella lo recibió con alegría.
Bajo el agua, vio salir  sus espinas pero ya no las odió sino que las acarició con valor.
Sangraron sus dedos, su lengua y hasta sus ojos, pero sólo así entendió que si ellas estaban ahí, era porque de alguna manera aún las necesitaba.
Aprendió a aceptarlas como parte de su eterna complejidad y a cuidarlas mientras siguieran con él.
Para dejar de sentir el dolor de sus púas, confeccionó con hojas de palma un paraguas. Este era frágil al principio: el viento lo rompía una y otra vez. Pero el equidna no se rindió. Construyó mejores instrumentos para poder seguir viendo caer la lluvia, aunque ella no pudiera tocar su cuerpo.
Los árboles crecieron a su alrededor gracias a la humedad y él pudo disfrutar  del espectáculo cada día. Rieron juntos sus canciones y disfrutaron cada noche su deseo.
Pasó el tiempo.
Una mañana al despertar, el equidna olvidó su paraguas. Caminó siguiendo su instinto y la vio. La lluvia mojó cada espacio de su piel pero esta vez no le salieron espinas: ¡El miedo se había ido al fin!
Desde entonces, el equidna y la lluvia viven juntos en la aldea cerca al fin del mundo.
A veces no pueden verse, pero saben que siempre se volverán a encontrar.
La piel dorada de él tiene marcas imborrables, recuerdo del mayor de sus triunfos: el de la reconciliación con su lado más oscuro.

 

La orilla

Giré la vista hasta la orilla, había humo y resignación. Dos cuerpos jóvenes mutilados junto a mi parecían tener una conversación pendiente. Pensé que quizás se conocían de antes. Los imaginé jugando en la arena como niños, besándose en el mar que estaba calmo, en el sol de ese día maravilloso hecho trizas. Un hombre y una mujer.

Al otro lado de la playa, un matrimonio anciano había conseguido salvarse. Se abrazaban entre sollozos sobre una roca, envueltos en una nube de horror y gratitud. Los restos del tren relucían bajo el sol formando colores extraños que nunca antes había visto. Yo por ese entonces no tenía ni treinta años, era delgada, extrema y sonreía cada día al despertar. Bueno, casi todos los días. Algunas veces lo cotidiano pesaba. Creí recordar que era jueves. Sí, un jueves por la mañana. Mi cuerpo salpicado por el agua yacía sobre esa tierra ajena dando lástima a los pocos supervivientes. Miles de historias perdidas, guardadas en alguna parte de mi mente.

Mirándome así, pregunté si la luz todavía teñiría mi piel. Fíjese qué tontería. ¿Desde cuándo un muerto se ocupa del bronceado? ¿Cuánto tiempo debe pasar para que la piel deje de inundarse de naturaleza? ¿Cuántos minutos podría seguir estando tibia? Quizás el hecho de que fuera verano me ayudaría a alargar esa última despedida.

Los ojos de esa vieja, la que estaba con su marido, se clavaban en mi rostro casi intacto desde lejos. La muerte podía parecer extrañamente hermosa en su quietud, completamente irreverente, indomable, infinita. No entendí en ese momento su terror, ¿sabe? yo me notaba radiante.

Su hombre la abrazaba con poder, pidiéndole que dejara de mirarme. Déjala Marta, déjala, le decía.

Me agaché a intentar tocar mis pies. Pensé que si cerraba los ojos podría sentir la frescura del agua sobre ellos, pero era solo una sensación. Ya estás fría le dije a mi cuerpo en voz baja.

Sin querer recordé el momento exacto en que todo terminó y me decidí a hacer esto. Esto… ¿y qué es esto? Una revelación de último minuto y un cuento desesperado contado desde la orilla, donde rompe la furia de Dios contra mi cuerpo sin vida.

Fuerza

A veces no tengo fuerza.
El recuerdo de tu voz sorprendida y esa duda que rechina entre tus dientes cuando preguntas “¡¿Qué quieres?!”
como si no lo tuviera todo en tus ojos: el frío del invierno amenazante y la luz de la tarde que es nostalgia en la tierra.

A veces no tengo fuerza y me cuesta contarlo.
Y en la noche que vibra y en el día que calma, invoco al mar que te extraño.
Canto a la dama siniestra canciones de desengaño, cuento la historia oscura, lloro a la muerte y lluevo a la vida.

¡Tu vida!

A veces no tengo fuerza y prefiero negarlo.
Absorbida por el poder de la niña dura, que espantada por el viento, se mira en un espejo roto.
Me posee el viejo ímpetu de la desesperación y con la crueldad bañada en rojo,
me entrego a un espacio infinito de mágica irrealidad.

El despegue

Veinte minutos más. Si pudiera escaparía.
Buscaría descalzo el camino hasta ella para empezar a perderlo todo:
el viaje, las promesas, la expectativa de una vida lejos de esta ciudad que es suya y del bullicio sucio que tanto los espanta.

El avión que no se mueve y la presión que lo mata.
El deseo moliéndolo  adentro, donde no hay nada.

Si pudiera escaparía. Correría el pasadizo y lo olvidaría todo:
lo que pasó y no fue, lo que pudo ser y no será nunca,
los domingos soleados con su voz y la suavidad de su piel cuando se dejaba tocar.

Pasa el tiempo y sabe que si pudiera, abrazaría su amor y su ansiedad, pediría perdón a los demás y les contaría…
esas palabras duras que decían, la manera animal en que se olían y el eterno deseo de no tener que perderse nunca.

Tres minutos mas.
Escribe sus notas al viento temiendo a la muerte, retando al silencio y deseando correr hasta ella como quien busca el sol para no tener frío.

Ignoraría el reclamo del éxito y abortaría sus sueños.
Piensa lento.
El motor se enciende.
Ya no hay tiempo.
Lo perdería todo.
Huele a desastre sin ella.

Si pudiera escaparía, pero no le pertenece.
Desde el aire la desea.
En el cielo le teme.

¡Despierta!

No nos enseñó nadie qué era importante ni nos regalaron armas para matar todo lo que luego nos pareciera superfluo. Nadie nos golpeó los ojos cuando queríamos mirar lo prohibido ni nos sanaron de niños cuando intentamos ser mayores a destiempo. No nos obligaron a observar con nuestros propios ojos. Tampoco fuimos libres para quejarnos de lo que debía ser bueno. Nos hicieron caminantes de paso lento, nos amarraron a un nudo de desidia, nos hicieron blandos ante la risa fácil e insensibles ante el dolor ajeno; ambiciosos de poder sin entender siquiera qué nos hace poderosos.
No nos recordaron que el sufrimiento de cada hombre es, en cierta medida, responsabilidad de todos; quizás por no saber reconocer la diferencia entre la responsabilidad y la culpa. Quizás por pura insensatez.

Las líneas que separan la vida de la siempre doliente costumbre de vivir porque sí, son tan frágiles como el recuerdo de una tarde de sinceridad. Y las marcas que ensucian la sonrisa de los niños que no vemos son tan claras. ¡Tan claras! ¡Nadie nos contó de su pasado, nadie nos advirtió de su futuro!
Crecimos encerrados en nuestros propios asuntos, viendo pasar los días en silencio. Sin críticas, sin pedidos unánimes, sin consciencia del poder de la unidad, sin lamentos reales fuera de los propios. Nos golpeamos el pecho por no saber ver más allá.
Nos sumieron en la hipocresía desde el nacimiento, ignorantes de la realidad. Opacaron las fronteras entre lo fácil y lo duro y nos hicieron andar sobre el desecho vestidos con el calzado más cómodo.

Ahora que el tiempo pasó, es tarde para pedir lucha. Nunca sabremos bien porqué estamos hambrientos de todo lo que nunca nadie nos supo decir, ansiosos por escapar de la falsa buenaventura de este mundo que es tan claro para unos y tan oscuro para otros. Nadie nos contó que más allá del cielo y el mar, hay muchos como nosotros enterrados en vida, esperando vernos despertar.

Cardo o Ceniza

Como será mi piel junto a tu piel
Como será mi piel junto a tu piel
Cardo, cenizas, ¿cómo será?

Si he de fundir mi espacio frente al tuyo
Como será tu cuerpo al recorrerme
y cómo mi corazón si estoy de muerte

Se quebrará mi voz cuando se apague
de no poderte hablar en el oído
Se quemará mi boca salivada
de la sed que me queme si me besas

Cómo será el gemido y cómo el grito
al escapar mi vida entre la tuya
y cómo el letargo
al que me entregue
cuando adormezca el sueño entre tus sueños.

Han de ser breves mis siestas
Mis esperos despiertan con tus ríos.

Pero, pero como serán mis despertares
Cada vez que despierte avergonzada
Pero como serán mis despertares
Cada vez que despierte avergonzada…

Pellejos

Largas noches de espera hechas voz.  Dos figuras sin definir hechas grito y quince días de distancia en el aire. Cuando la espera acabó vencieron al color negro de sus sombras lamiendo el dulce de sus pieles.
Abrieron las puertas para evitar el calor y dejaron entrar al viento que refresca cuando el amor cansa.

Esos cuerpos inseparables serían pellejos luego.
Y también cenizas echadas al mar.
Quizás sus hijos se encargarían de esparcirlas por el puerto.

Desearon en silencio aguantar la vida juntos y burlarla a escondidas, pasando el verano abrazados.
Vencieron al tiempo, al ruido de los vecinos por la mañana y al no saber de los días. Él y ella, igual de perdidos.
Serían pellejos luego, es cierto. Historias agradables de un pasado lejano.